El director ejecutivo de ANPROS recibió la Membresía Honoraria Vitalicia de la International Seed Federation y en esta entrevista el líder gremial analiza el rol estratégico de Chile en la producción de semillas y los desafíos de la innovación genética.
En la agricultura, pocas cosas son tan pequeñas y, al mismo tiempo, tan decisivas como una semilla. En ella se inicia la productividad de los campos, la innovación genética, la adaptación al cambio climático y buena parte de las respuestas que hoy busca el mundo frente a los desafíos de seguridad alimentaria, sostenibilidad y eficiencia productiva.
Chile ha logrado ocupar un lugar relevante en esa conversación global. Su condición de contraestación, su sanidad vegetal, sus capacidades técnicas y una industria altamente especializada han permitido que el país sea reconocido como un actor estratégico en la producción y exportación de semillas para mercados internacionales. Detrás de ese posicionamiento hay décadas de trabajo público-privado, desarrollo tecnológico, agricultores, empresas, profesionales y una institucionalidad que ha sabido construir confianza.
Uno de los rostros más relevantes de ese proceso es Mario Schindler Maggi, director ejecutivo de la Asociación Nacional de Productores de Semillas de Chile, ANPROS, quien por más de dos décadas ha estado vinculado al fortalecimiento del sector semillero nacional y a su proyección en los principales espacios internacionales de la industria.
Su trayectoria este año acaba de alcanzar un hito histórico: fue distinguido con la Membresía Honoraria Vitalicia de la International Seed Federation, una de las máximas distinciones del sector semillero mundial y un reconocimiento reservado para líderes que han realizado contribuciones excepcionales a esta actividad.
La distinción no solo destaca una carrera personal. También pone en valor el camino recorrido por Chile como país proveedor confiable de semillas, con estándares de calidad, trazabilidad, innovación y cumplimiento fitosanitario que hoy son observados desde distintas regiones del mundo.
En un escenario donde la agricultura enfrenta estrés hídrico, nuevas exigencias ambientales, avances acelerados en biotecnología y la necesidad de producir más con menos, la semilla vuelve a ubicarse en el centro de las soluciones.
En esta entrevista con Diario Frutícola, Mario Schindler analiza el significado de este reconocimiento para Chile, las fortalezas que han consolidado al país como referente semillero, los desafíos regulatorios y tecnológicos que enfrenta la industria, y el rol que tendrán las nuevas generaciones en el futuro de una agricultura más productiva, resiliente y sostenible.

Mario Schindler recibiste la Membresía Honoraria Vitalicia de la International Seed Federation, un reconocimiento que solo han obtenido 20 personas en el mundo desde 1996. ¿Qué significa este hito para Chile y cómo refleja el posicionamiento que ha alcanzado la industria semillera chilena a nivel internacional?
Para mí, este reconocimiento tiene un significado muy profundo y lo recibo con mucha gratitud y humildad. Si bien es una distinción personal que valoro enormemente, la entiendo también como un reconocimiento al trabajo que Chile y ANPROS han desarrollado durante muchos años en la industria semillera internacional.
Chile ha construido una reputación seria y consistente. Nuestro país es reconocido por su calidad, su rigurosidad técnica, su condición de contraestación, su sanidad vegetal, su institucionalidad y la capacidad de responder a mercados altamente exigentes. Nada de eso se logra de un día para otro; es el resultado de décadas de trabajo de empresas, agricultores, profesionales, autoridades y equipos técnicos que han entendido que la semilla es una actividad estratégica para la agricultura.
Por eso, este hito habla del lugar que Chile ha alcanzado en la conversación global de semillas. Hoy somos un país escuchado, respetado y valorado en temas como comercio internacional, fitosanidad, innovación, regulación, propiedad intelectual y seguridad alimentaria. Ese posicionamiento es un activo que debemos cuidar y seguir fortaleciendo.
Chile se ha consolidado como un actor estratégico en la producción y exportación de semillas contraestación para mercados globales. Desde su experiencia, ¿cuáles han sido las principales fortalezas que han permitido al país transformarse en un referente mundial en esta industria?
Chile tiene una combinación de condiciones muy valiosa para la producción de semillas. Contamos con una ubicación geográfica privilegiada para producir en contraestación, condiciones agroclimáticas favorables, buenos suelos, disponibilidad de zonas productivas diversas y una condición sanitaria que ha sido clave para abastecer mercados exigentes.
Pero más allá de las condiciones naturales, la gran fortaleza ha sido la capacidad técnica y humana de la industria. La producción de semillas requiere precisión, cumplimiento, trazabilidad, conocimiento agronómico y mucha coordinación. En Chile se ha desarrollado una cadena altamente especializada, con empresas, agricultores, técnicos, profesionales y trabajadores que entienden la exigencia de producir semillas de calidad para mercados internacionales.
También ha sido fundamental el trabajo público-privado, especialmente con el SAG, en materias fitosanitarias, regulatorias y de comercio exterior. Esa coordinación ha permitido dar respuesta a los requerimientos de los distintos mercados y sostener la confianza internacional en Chile como proveedor serio y confiable.
Chile tiene que seguir haciendo bien lo que lo ha hecho confiable: producir semillas de calidad, cumplir a la perfección con los requisitos de los mercados y responder a tiempo.
¿Qué desafíos y oportunidades visualiza hoy para el sector frente a las nuevas exigencias productivas y ambientales que enfrenta la agricultura mundial?
La semilla es la base de la agricultura. De ella depende, en gran medida, la posibilidad de producir alimentos, mejorar los rendimientos y enfrentar condiciones cada vez más complejas, como el cambio climático o la escasez hídrica. Por eso, cuando hablamos de seguridad alimentaria, necesariamente tenemos que partir hablando de semillas.
Hoy el mundo enfrenta desafíos enormes: cambio climático, estrés hídrico, nuevas plagas y enfermedades, mayores exigencias ambientales, necesidad de producir más con menos y una demanda creciente por alimentos de calidad. En ese escenario, la industria semillera tiene una oportunidad muy importante, porque la innovación genética permite desarrollar variedades más resilientes, eficientes y adaptadas a distintas condiciones productivas.
Pero para aprovechar esa oportunidad necesitamos marcos regulatorios modernos, claros y basados en ciencia. La innovación avanza muy rápido, y los países que logren acompañar ese avance con reglas claras, protección adecuada a la propiedad intelectual vegetal, sistemas fitosanitarios eficientes y una mirada estratégica sobre la investigación y el desarrollo, van a estar mejor preparados para responder a los desafíos de la agricultura mundial.
En un contexto donde la innovación y la biotecnología avanzan rápidamente, ¿qué rol cumple la colaboración entre asociaciones internacionales, empresas y centros de investigación para acelerar el desarrollo de semillas más resilientes y sostenibles?
La colaboración es fundamental. Ningún país, empresa o institución puede enfrentar por sí solo los desafíos que hoy tiene la agricultura. La innovación en semillas requiere ciencia, inversión, experiencia productiva, regulación adecuada y conexión internacional.
Las asociaciones internacionales cumplen un rol muy importante porque permiten reunir a la industria, compartir información técnica, anticipar tendencias, abordar barreras regulatorias y generar criterios comunes en temas como fitosanidad, comercio, propiedad intelectual, nuevas técnicas de mejoramiento y sustentabilidad.
En ese sentido, ANPROS ha mantenido una participación activa en distintos espacios internacionales. Formamos parte de la International Seed Federation, pero también de la Seed Association of the Americas, SAA; de APSA, la Asia and Pacific Seed Association; de Euroseeds; y de ASTA, la American Seed Trade Association. Además, participamos en diversos grupos de trabajo internacionales donde se abordan temas técnicos y estratégicos para el desarrollo de la industria semillera.
Esa presencia no es solo institucional. Es una forma concreta de estar en las conversaciones relevantes, anticipar cambios, conocer experiencias de otros países y aportar desde la experiencia chilena. Las empresas aportan investigación, tecnología y conocimiento aplicado; los centros de investigación generan evidencia científica y desarrollo; y las asociaciones gremiales contribuimos articulando, representando y creando puentes entre el sector privado, la autoridad y los espacios internacionales.
En el caso de Chile, esta conexión es especialmente importante. Tenemos capacidades productivas, experiencia exportadora y condiciones para seguir posicionándonos como una plataforma de investigación, desarrollo e innovación en semillas. Para eso, la colaboración público-privada y la vinculación internacional seguirán siendo claves.

Durante años, ANPROS ha impulsado el fortalecimiento del sector semillero chileno. ¿Qué avances destacaría en materia de calidad, trazabilidad e innovación, y qué áreas aún requieren mayor desarrollo para mantener la competitividad del país?
La industria semillera chilena ha avanzado mucho en profesionalización, estándares de calidad, trazabilidad, cumplimiento fitosanitario, incorporación de tecnología especializada y capacidad de responder a mercados cada vez más exigentes. Hoy existe una cadena productiva mucho más especializada, con procesos técnicos rigurosos, herramientas tecnológicas aplicadas a la producción y una conciencia clara de que la confianza internacional se construye cumpliendo bien, permanentemente y en cada temporada.
También destacaría el trabajo que se ha realizado en vigilancia fitosanitaria, actualización normativa, articulación con el SAG y participación en espacios internacionales. Para una industria que depende del movimiento internacional de semillas, contar con sistemas confiables, coordinados y oportunos es fundamental.
En innovación, Chile ha construido una base importante, especialmente por su experiencia en investigación, multiplicación de semillas, producción contraestación y desarrollo técnico en distintas regiones del país. A eso se suma la innovación propia de la semilla, con variedades cada vez más adaptadas a nuevas condiciones productivas y climáticas, junto con avances en I+D, agricultura de precisión y herramientas digitales, incluida la IA, para una mejor toma de decisiones productivas.
Sin embargo, todavía hay áreas donde debemos avanzar con mayor fuerza. Necesitamos seguir modernizando la regulación, fortalecer la protección de la propiedad intelectual vegetal, facilitar el acceso a nuevas variedades, promover el uso de nuevas tecnologías y dar mayor impulso al fitomejoramiento nacional. Si queremos que Chile mantenga su competitividad, no basta con producir bien; también debemos generar condiciones para que la innovación llegue, se desarrolle y pueda expresarse en nuevas soluciones para la agricultura.
El mundo semillero se mueve rápido. Por eso, junto con cuidar lo que nos ha hecho confiables —calidad, sanidad, cumplimiento y trazabilidad—, debemos avanzar en digitalización, certeza regulatoria, innovación y formación de capacidades. Esa combinación es la que permitirá que Chile siga siendo un actor relevante en la industria semillera internacional.
¿Qué mensaje le gustaría transmitir a las nuevas generaciones de profesionales y empresas que hoy buscan aportar al futuro de la agricultura desde la genética y las semillas?
Les diría que esta es una industria con mucho futuro y con un propósito muy concreto. Trabajar en semillas es trabajar en la base de la agricultura, en la seguridad alimentaria, en la innovación y en la capacidad de producir más y mejor frente a condiciones cada vez más desafiantes.
También les diría que esta industria exige conocimiento, responsabilidad y compromiso. La semilla parece pequeña, pero detrás de ella hay ciencia, tecnología, trabajo en terreno, agricultores, investigación, regulación, comercio internacional y una enorme cadena humana.
Chile ha logrado construir un espacio importante en la industria semillera mundial, pero ese posicionamiento no está asegurado para siempre. Hay que cuidarlo, renovarlo y proyectarlo. Las nuevas generaciones tienen un rol clave en ese camino: aportar nuevas ideas, incorporar tecnología, fortalecer la sostenibilidad y mantener la seriedad que ha hecho confiable a Chile.
El futuro de la agricultura va a depender en gran medida de la innovación en semillas. Por eso, quienes hoy se incorporan a este sector tienen una oportunidad muy valiosa: contribuir desde la genética y las semillas a una agricultura más productiva, resiliente y sostenible para Chile y para el mundo.
Fuente: Diario Frutícola

