María Teresa Pino, nueva directora nacional del INIA Chile, plantea sus prioridades para acercar la investigación al productor y modernizar la gestión.
Ampliar la extensión, transformar la información acumulada en herramientas útiles y fortalecer la investigación aplicada son algunas de las prioridades que María Teresa Pino plantea al asumir la dirección nacional del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) de Chile. Con una trayectoria desarrollada dentro de la institución, propone acercar sus capacidades al sector productivo y anticiparse a sus necesidades. En uva de mesa, esa mirada apunta a acompañar el recambio varietal, mejorar la eficiencia y sostener la competitividad mediante la calidad y la sostenibilidad.
María Teresa, en primer lugar, felicitaciones por su nombramiento. Después de tantos años en el INIA, ¿cuál es su diagnóstico y qué le gustaría transformar?
Haber desarrollado mi carrera en el INIA me permitió conocerlo desde adentro y desde diferentes roles: como practicante, como profesional de apoyo y, posteriormente, en distintos cargos, entre ellos, el de Coordinadora Nacional y el de encargada de Cooperación Internacional.
Esa experiencia me permite enfrentar mejor los desafíos. Además de conocer el funcionamiento interno, conozco también el trabajo que se lleva adelante en las regiones. El INIA está presente desde Arica hasta Punta Arenas, y las necesidades son distintas y diversas en cada territorio.
Como directora nacional tengo un norte muy claro. En primer lugar, abrir el INIA. Para ello, contamos con una ventaja comparativa: somos la única institución pública que hace investigación y desarrollo aplicados con presencia en todo Chile. Eso nos permite conocer mejor a nuestros usuarios. Sin embargo, considero que podríamos hacer más para que nos conozcan. Por eso, voy a comenzar por modernizar la extensión y la transferencia.
Además del trabajo tradicional y presencial en el territorio, debemos utilizar las nuevas herramientas digitales, las aplicaciones y los medios para duplicar o triplicar nuestro alcance. Necesitamos que la ciencia aplicada que hacemos se traduzca en resultados concretos, que lleguen al productor y le sean útiles.
El segundo eje pasa por la incorporación de la inteligencia artificial, el manejo de datos y las nuevas tecnologías. Esto tiene dos dimensiones. Por un lado, INIA, en sus 62 años de existencia, ha acumulado mucha información que podemos aprovechar mediante la inteligencia artificial. De ello hay buenos ejemplos, como el de la agrometeorología.
Por otro, la agricultura digital es una de las pocas herramientas que tiene la agricultura en el mundo para mantener a los jóvenes en el campo; la actividad debe ser un negocio y resultar atractiva.
En tercer lugar, quiero fortalecer nuestros programas de mejoramiento genético. El INIA tiene una trayectoria en la generación de variedades de trigo, arroz y muchas otras especies. El 100 % del arroz que se cultiva en Chile es genética de aquí.
Pero necesitamos avanzar más rápido. Un programa de mejoramiento genético toma entre 12 y 15 años, y debemos acortar esos plazos. Podemos hacerlo con herramientas genómicas y con inteligencia artificial, que permite acelerar los cruzamientos y los análisis de datos.
El cuarto eje consiste en fortalecer nuestros bancos de recursos genéticos. INIA Chile cuenta con una Red de Bancos de Germoplasma que resguarda más de 33.000 accesiones de especies vegetales (cultivadas y nativas) y más de 4000 de microorganismos. Su Banco Base principal está ubicado en Vicuña, en la Región de Coquimbo. Necesitamos fortalecer esos recursos, aprovecharlos y darlos a conocer.
Finalmente, debemos poner mucho énfasis en la sostenibilidad. Chile tiene que ofrecer calidad y algo distinto, porque ya no es posible competir únicamente por volumen. Hoy nos ganan Perú y Ecuador, que tienen menores costos. Nosotros tenemos que entregar una mejor calidad, asociada a la sostenibilidad, y llegar también a mercados que permitan obtener un mayor valor.
Esos son mis cinco ejes. Para llevarlos adelante, también es importante la gestión institucional. Con 850 personas presentes en todo Chile, necesitamos modernizar nuestros procesos para responder a la demanda.
Una de sus propuestas es fortalecer la ciencia aplicada y el contacto con el sector productivo. ¿Dónde está hoy la mayor distancia entre lo que se investiga y lo que necesita el agricultor?
Mi diagnóstico del INIA Chile es positivo, aunque creo que existen diferencias. No debemos preguntarnos solamente qué quiere hacer el INIA o qué quiere hacer el país en la teoría, sino qué necesita el agricultor y qué debemos resolver a corto, mediano y largo plazo.
Tenemos que atender las urgencias y, al mismo tiempo, mantener una mirada estratégica. Las instituciones de investigación del mundo deben adelantarse a lo que viene, y creo que a Latinoamérica le cuesta. Sin embrago, creo que a nosotros, los del Sur –hablo de Embrapa, y de INIA Chile y Uruguay- tenemos esa mirada de ir adelantados. Es importante preguntarnos qué viene en el futuro y en qué ámbitos debemos anticiparnos.
Eso lo aprendí cuando estuve en Estados Unidos. Mi profesor, un asesor de mucha trayectoria, me dijo: “María Teresa, cuando uno trabaja en investigación, no tiene que mirar el presente, tiene que mirar el futuro. Siempre tienes que pensar que no debes quedarte en lo mismo, que hay un espacio para innovar”. Esa es la mirada que quiero transmitir: innovar en función de lo que necesitan el agricultor y la agricultura de Chile, con resultados aplicables.
Adaptación, sostenibilidad, mejoramiento genético, recursos genéticos, modernización e inteligencia artificial forman parte de esa agenda. ¿Cómo establecerá las prioridades?
Todos los ejes son importantes. Una prioridad es la modernización mediante la digitalización y una nueva forma de hacer extensión.
En marzo dejé el cargo de Cooperación Internacional para trabajar en la Subdirección Nacional de Investigación y Desarrollo, por lo que ya tengo un camino recorrido. Durante esos meses, y ahora como Directora nacional, comenzamos a implementar esta mirada de la extensión, con una vitrina tecnológica en cada región.
Cada vitrina aborda una temática vinculada con su territorio. Por ejemplo, en Magallanes, vamos a tener una dedicada a la producción de ovinos para carne y lana. Cualquier persona de Chile o del mundo podrá encontrar en ese centro la tecnología histórica, la que tenemos y la que vendrá.
Hoy el agricultor, sobre todo el mediano y el grande, recibe una amplia oferta de drones y aplicaciones de distintas empresas, y se pregunta cuál es la mejor. En estos campos inteligentes vamos a evaluar y validar las tecnologías que sean factibles, según las características de esas grandes macrozonas. Se trata, en definitiva de ayudar a los agricultores a tomar mejores decisiones para mejorar la eficiencia y bajar costos mediante la agricultura 4.0.
Estamos trabajando con tecnología coreana, china, europea y también de empresas chilenas. La idea es que el agricultor encuentre allí cuál es la que mejor se adapta a su realidad. El INIA podrá orientarlo sobre qué funciona mejor según su territorio y sus características como productor, porque las necesidades de un agricultor pequeño, mediano o grande son distintas.
Además, disponemos de mucha información que necesitamos convertir en herramientas útiles y disponibles en el celular. Por ejemplo, contamos con una alerta para el tizón tardío de la papa, desarrollada por una investigadora del INIA que trabajó sobre cuándo y dónde realizar el control de esta enfermedad. Vinculó ese trabajo con nuestra red agroclimática, que llega hasta Tierra del Fuego, y generó una aplicación que funciona como un semáforo: el amarillo indica precaución y el rojo señala la necesidad de aplicar un control. De este modo, podemos llegar al productor antes y en el momento adecuado. Tenemos muchas posibilidades de desarrollar herramientas de este tipo. Este es apenas un ejemplo.
¿Cuáles son las prioridades de investigación para sostener la competitividad de la uva de mesa chilena?
Este es un tema que hemos discutido ampliamente. INIA pertenece al consorcio de Biofrutales, donde se aborda esta cuestión. En la actualidad, sabemos que estamos perdiendo competitividad frente a nuestros vecinos, y que el país enfrenta la necesidad de hacer un cambio varietal importante.
Necesitamos llegar a otros mercados. Hoy Chile está considerando destinos como la India, pero el recambio varietal es prioritario, aunque INIA no puede hacerlo por sí solo. La genética de las empresas avanza a un ritmo acelerado, y lo que nosotros podemos aportar es la validación de esas variedades.
Si queremos ser competitivos, tenemos que cambiar la mirada. Debemos trabajar en generar un producto con una huella de sostenibilidad, para que el consumidor reconozca que la uva chilena es de excelente calidad y tiene trazabilidad.
Probablemente, el mercado no sea el mismo. Habrá un mercado premium, con consumidores dispuestos a pagar más por esa diferencia. Chile tiene capacidad para reinventarse cuando necesite hacerlo, pero debemos trabajar en conjunto todos los actores del sector.
En conversaciones con productores y comercializadores aparece la idea de que las condiciones están dadas para que la uva de mesa siga siendo un producto relevante para Chile. A veces, el desafío no es ingresar en un mercado, sino sostenerlo…
Hay algo que no mencioné: debemos ser más eficientes. Tenemos que producir más y con mejor calidad, utilizando menos agua y menos suelo. Y la agricultura digital es crucial para orientar decisiones, por ejemplo, cuándo regar. Para ello, podemos incorporar robótica e inteligencia artificial. Tenemos mucho por hacer.
Frente a los desafíos de largo plazo, como el clima, la disponibilidad de agua y el recambio varietal, ¿qué puede aportar el INIA a la toma de decisiones?
El INIA tiene mucho que aportar. Uno de los ámbitos es el trabajo directo con el agricultor a través de sus parcelas demostrativas, porque no se trata solo de transmitir teoría, también es necesario demostrar. En esas parcelas se aplican y evalúan nuevas tecnologías, semillas mejoradas o sistemas de riego para que los productores locales puedan aprender mediante la observación directa
Debemos mostrar al productor hacia dónde vamos y qué necesitamos hacer. Nuestro aporte consiste en generar soluciones prácticas que hagan que el agricultor reconozca que necesita al INIA.
Además, podemos llegar directamente al Ministerio y a quienes toman decisiones, tanto en el ámbito nacional como internacional. Desde la gestión, tenemos que informar cuál el camino a seguir y anticiparnos. Hoy tenemos competidores en la exportación, pero debemos pensar también en lo que ocurrirá dentro de 10 años. Esa mirada de futuro es la que deben aportar instituciones como la nuestra, junto con otras.

Para terminar, una pregunta que invita a mirar hacia el futuro: dentro de 10 o 15 años, ¿qué le gustaría que un productor, comercializador o distribuidor reconociera como un acierto de su gestión?
Me gustaría que dijeran: “Nos hizo entender que debemos modernizarnos y abrirle un espacio a la innovación, porque nos permite mejorar el negocio y permanecer en el campo”. Me gustaría que reconocieran, fundamentalmente, que logramos acercar la investigación a sus necesidades y convertirla en soluciones concretas para la actividad.
Fuente: Mundoagro
